dilluns, 10 de setembre de 2007

Erasmo, Aristófanes y Sancho Panza

Después de leerme este verano el De recta latini Graecique sermones pronuntiatione dialogus confieso que me quedan serias dudas sobre la verdadera intención que tuvo Erasmo al escribirla.
Ya he contado aquí cómo toda la historia surgió de una curiosa anécdota de la cual dan fe varios testimonios de la época. No es improbable que, enterado de las ideas sorprendentes de Antonio Nebrija y Aldo Manuzzio que circulaban ya en Europa, acerca de la posibilidad que el griego y el latín hubieran experimentado un cambio sustancial en materia de fonética no registrado por los filólogos alejandrinos ni los gramáticos latinos, el holandés buscara notoriedad al enviar en 1528 una copia de la que iba a ser su obra más polémica al jovencito Maximiliano de Lovaina. Sin embargo, si lo que le interesaba al bueno de Desiderius era el reconocimiento y prestigio entre los círculos académicos, ¿por qué no compuso un tratado científico de mayor credibilidad?
No descarto que simplemente pretendiera entretener, al tiempo que aumentar la polémica o incluso ironizar y ridiculizar a determinado grupo de influyentes humanistas de su época. Hay demasiados pasajes que no pueden ser tomados en serio y que tal vez esconden un doble sentido.
Consciente de la complejidad del tema, y queriendo dar el mayor carácter didáctico posible a su obra, el de Rótterdam pensó que lo mejor era utilizar para su análisis el género preferido por Platón. Podría haber escogido dos personajes históricos o ficticios, pero se decantó por dos animales, inspirándose tal vez en Esopo. Compuso un diálogo entre un oso y un león bastante soporífero. Por ello se vio obligado a intercalar anécdotas diversas con el fin de hacer más ameno el texto. Así lo expone él mismo en el prólogo: Dado que el contenido de esta obra no es de por sí especialmente placentera, ya que trata detalles de manera pormenorizada, he intentado vestirla con un ropaje que fuera lo más atractivo posible, dándole la forma de diálogo e intercalando de tanto en tanto entre los argumentos pasajes que pudieran suavizar y evitar el tedio de la lectura.

Un primer ejemplo de su gracioso estilo: al tratar la pronunciación de la s Erasmo recoge el comentario de Dioniso de Halicarnaso a quien al parecer le desagradaba este sonido por semejarse al que emite la serpiente. A continuación explica cómo y porqué los diferentes pueblos pronuncian dicha letra. Los franceses evitan pronunciarla según determinados casos. Por el contrario, los españoles suplen este error acumulando en la misma palabra muchas eses. El oso cuenta que esto se debe a que los franceses desconocen las silbantes porque las serpientes son poco frecuentes en su país, y evitan esta letra por prudencia o por algún miedo supersticioso, no fuera que el reptil se excitara al oír el sonido de su letra y empezara a visitarlos más, mientras que los españoles, hombres valientes y acostumbrados al silbido de los reptiles, sienten tal desprecio ante ellos que se atreven a devolver el silbido, de la misma manera que algunos se echan pedos, cuando caen rayos.
No es casual que algunos mss atribuyan estas palabras al león. De hecho en todo el diálogo, el contrapunto cómico a la pesadez del oso pedante la constituye un león pelotero y burlón, que mucho me recuerda la figura de Sancho Panza.

Hablando de la manera con la que se debe pronunciar la aspiración, es decir, sin caer en exageraciones pues nos puede oler la boca a ajo o cebolla, el león precisa que el poner la boquita de piñón al hablar, como hacen las mujeres francesas al reír, es un ejemplo de respeto hacia los demás.

En varias ocasiones, después de las confusas parrafadas del oso, el león responde con un cierto tono jocoso. “Necesito mi guitarra”, contesta después de escuchar las teorías sobre el acento musical. Cuando le explican cómo se deben separar correctamente las palabras y las pausas necesarias al hablar, exclama: “!En el nombre de Dios eterno! !qué difícil es hablar bien!” Después de exponer los peligros de deformación fonética a los que están sometidas las lenguas clásicas en cada nación, el león se queda mirando a su interlocutor y le pregunta: “¿por qué te ríes, mi león?”, a lo que aquél responde: “los leones rugen, no se ríen.”
El oso encuentra en el sonido de otro animal, la rana, según aparece en Aristófanes, la prueba que determina la pronunciación correcta de la consonante gutural sorda:
Oso: Incluso con las ranas se podría demostrar lo que te estoy diciendo. Porque ésta es su letra característica, que la escuchamos diariamente de ellas cuando nos cantan aquello de βρεκεκεκέξ κοάξ κοάξ. Aquí no hay asomo de aquella pronunciación levemente αspera de la κ, es decir, algo entre γ y σ, que presenta la pronunciación griega actual.
León: Ésta es una prueba rotunda. Porque las ranas no han cambiado su canto desde hace siglos, mientras que los hombres no dejan nada estable.
Oso: Déjate de bromas. En las ranas la parte superior de la lengua está unida, y la parte posterior, la que da a la laringe, está suelta, de manera que no pueden pronunciar ningún otro sonido.

Ante tales pasajes uno no sabe si el holandés obró realmente de buena fe, convencido de que la gente sin formación había echado a perder el griego y el latín clásicos y que podía con su obrita remediar la situación. Si hubiera sido así, tal vez habría compuesto una segunda parte para revisar los errores e inexactitudes cometidas en el Diálogo, dando así respuesta a las serias y numerosas críticas recibidas. No sólo no fue así, sino que jamás llegó a aplicar su método y siguió rodeándose de griegos para seguir aprendiendo su lengua. Pero su obra no dejó indiferente a nadie y consiguió un éxito de difusión enorme.
Seguramente Erasmo no era consciente de los problemas que su teoría llegaría a causar al idioma griego convertida en instrumento político, en manos de autoprolcamados herederos de la cultura griega. Quizás Erasmo pensó que la gente tendría más sentido del humor.