dissabte, 7 de juliol de 2007

¿Qué hacen los burros?

Todos los manuales de griego y latín actuales suelen empezar con cuestiones de fonética. Una de las primeras rarezas que aprenden o que tratamos de enseñar a nuestros alumnos de “lenguas muertas” es el tema de la cantidad vocálica. En principio resulta curioso saber que hay vocales largas y breves. Nuestro método de latín LLPSI acertadamente las diferencia mediante la rayita sobre cada vocal larga y es así como procuramos seguir la regla de acentuación de la penúltima. En el caso del griego los alumnos sólo tienen clara desde el principio la cantidad de las vocales por naturaleza largas η y ω. Pero en la práctica -aparte de los dictados- al leer no solemos hacer distinciones de cantidad y entonamos igual un acento agudo y uno circunflejo. Somos gente vulgar, sin formación, pensaría probablemente Erasmo, si se paseara hoy por nuestras clases.
El holandés echaba de menos aquellos tiempos gloriosos en los que la gente en el teatro era capaz de distinguir entre καλός adj. y καλῶς adv., o en latín entre malo (dativo de malus), malo (prefiero) y malo (dativo de malum, manzana) que métricamente correspondían a un yambo u-, troqueo -u y espondeo -- . El problema con el griego se debía a los acentos. Sólo unos pocos cultos se preocupaban por pronunciar correctamente las palabras atendiendo tanto al acento como a la cantidad de cada sílaba. El populacho pronunciaba, por ejemplo, Μενέδημος como si las dos últimas sílabas fueran breves, ¡qué horror!
Como es sabido la pérdida de la cantidad vocálica y la sustitución del llamado acento musical por el dinámico se produce en época postclásica. En el caso del griego tales cambios empiezan a constatarse en el ático ya en el s. V a.C., como señalan Hoffmann-Debrunner.
A pesar de todo, la gente más instruïda mantuvo las antiguas diferencias cuantitativas durante mucho tiempo. Erasmo lo tenía claro: “aquel que tiene sentido musical puede fácilmente diferenciar largo de breve y agudo de grave”. Además, precisa en boca del oso: “ ¿Por qué tenemos tan poco oído cuando hablamos, haciendo larga cada sílaba que se acentúa y breves todas las demás? Incluso los burros podrían enseñarnos. Cuando rebuznan aguantan más tiempo la nota baja que la alta.”
El tema se complica cuando llegamos al tema de la analogía entre breve y larga. Es entonces cuando Erasmo empieza a elucubrar hablando de breves, semibreves, largas y mediolargas, y a establecer la equivalencia con notas musicales, tonos y semitonos. La confusión de su paciente interlocutor no puede ser mayor: “llegado a este punto -confiesa el león- necesito mi guitarra”.
Creo que a oso y al león de Erasmo les hubiera gustado escuchar aquellas Recitaciones de poesía antigua en las que A. García Calvo allá por los 80 versionaba rítmicamente hexámetros de Homero, anapestos de Aristófanes o galiambos de Catulo. A un griego o un romano de la época antigua me imagino que le producirían una perplejidad y aburrimiento semejantes al que me produce a mí escuchar un rap americano.